
Día lluvioso
Todo comenzó en Abril de este año, a los dos días de recordar el tercer aniversario de la muerte de mi viejo, los abuelos decidieron que era hora empezar el viaje a hacerle compañía. Mi abuela materna fue la primera en partir, inesperadamente recibí una llamada en la noche del jueves santo, recuerdo que iba junto a quien en esos días era mi novia, mi cuñado y unos amigos por una pizza, mi celular sonó, mi prima que nunca antes había marcado mi número, está vez haciendo uso del DI (Discado Internacional), con voz muy apagada y temblorosa, se disculpaba por darme semejantes noticias, mi abuela, “Mita” como siempre la llamé, se había ido.
Fue la primera vez que sentí la impotencia que causa la distancia, el no poder abrazar a tus seres queridos en ese momento, no poder estar con ellos, no despedirte de tu abue en presencia, a la vez no sientes el dolor de la misma forma, pues no estás ahí… la sensación es extraña es de estar y no estar, de sentir y no sentir, es como si se quedara en pausa.
Unas semanas después mi abuelita paterna se resbaló, si, algo tan sencillo como eso hizo que sus huesos roídos por la osteoporosis se quebraran, su cadera se hiciera pedazos y no pudiera volver a caminar, ella no lo sabía y no le agradaba para nada la idea de no poderse mover, de al menos no poder a paso lento moverse por su pequeña casa, sentarse en su cama a ver sus novelas, compartir el sillón con mi primo y conversar de sus historia y gente que ya tampoco está. Durante dos semanas estuvo en la clínica, sedada para que pudiera soportar los fuertes dolores producto de la lesión. En una madrugada de domingo decidió que era hora de dejar este mundo y reunirse con su hijo.
Segunda vez en la que tuve un día de esos, en los que no te sientes ni bien ni mal, sabes que físicamente está mejor, que ya no hay dolores, ya no hay molestias, pero tampoco tendrás su presencia de ahora en adelante. Nunca fui muy cercano a ella, pero era la madre de mi Padre, se sacrificó mucho para sacar adelante a sus hijos y hacerlos personas de bien y mi padre sí que lo fue.
Decidí que era el momento de visitar a mi madre y a mi hermana, de darles la sorpresa y pasar con ellas una semana, la casa de mis abuelos ya no era la misma, mi abuelo ya no contaba tantas historias como antes, le hacía falta la viejita que sintió caer la nieve de los años a su lado, en la casa de mi otra abuela el cambio era más fuerte, su ausencia, se hacía sentir en cambios por toda la casa, en remodelaciones y espacios redistribuidos.
El día que me despedía de mis primos en medellín, al pasar a saludar a mi tía por casualidad me encontré con mi primo Andrés, hacía mucho que no lo veía, sin saber que sería la última vez.
Cuando aún las heridas de la partida de mi abuela paterna no cicatrizaban, alguien decidió que mi primo Andrés, con 20 y tantos años debía irse también, lo mataron mientras trabajaba, esta vez fue mi hermana quien me llamó, la noticia llegó temprano en la mañana, nuevamente el día fue largo e invivible, el dolor y la impotencia de la partida de alguien tan joven porque alguien más tomó la decisión de quitarle la vida, siempre serán difíciles de describir.
El shock para la familia de mi padre fue tremendo, en menos de dos meses mi abuela y mi primo, habían dejado este mundo, habían pasado de acompañarnos físicamente a dejarnos solamente sus recuerdos y su cariño, para mi, a ellos se sumaba mi abue, que había partido primero. Para mi familia eran, hasta este punto, tres las personas que ya no estaban.
Hace una semana y media mi abuelo se agravó, a sus 93 años su corazón estaba muy débil, su cuerpo no era el mismo de aquel hombre que labraba la tierra y realizó viajes por toda antioquia (departamento de antioquia, en colombia, tierra de mis padres y mi familia) que contaba historias y se acordaba de toda la gente buena que se había encontrado en el camino de su vida, que conjugaba su sabiduría producto de los años con los refranes comunes y suspicaces que siempre caracterizan a un buen paisa. A la semana de estar en el hospital, le dijo a mi madre que mi abue lo estaba esperando para entrar los dos de la mano al cielo y aunque el par de viejos siempre se la pasaban peleando, su amor les ayudó a estar juntos durante 63 años en esta tierra y toda una eternidad fuera de aquí.
El viernes pasado mi abuelo, se despidió, acortando la distancia entre las generaciones que sobreviven de la familia, reduciendo el número de hombres buenos que existen bajo este cielo.
Fui afortunado por tenerlos durante tantos años, nunca estuve cerca de ellos más de algunas semanas, siempre viví alejado durante la mayoría del tiempo, pero conservaré por siempre su cariño y su ejemplo en mi corazón.
Curiosamente entre la muerte de todos ellos hubo una distancia de más o menos un mes y medio.
Foto Vía: Ojo Digital















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